
Los que arrastramos un pescado, o una vaca negra,como el Viejo Amargo del Mar de las Antillas,los que apacentamos una gran culebra por el llanoarrojamos tu ataúd como un sauce de pelos.
¡Qué golondrina, que sueño sobrevolaba tu corazóncuando mostrabas el pecho en armas,como el dios-padre de los mitos desaparecidos !porque, ciertamente, en la niebla coloquial, en el designio raro,eras la almendra sobre el tizón negro,cayendo en la eternidad, riente, inmemorial, con la bala llorando en la piedra del ojo.
Puro de alcohol, profundo como el aroma del tabaco,augur estupefacto sobre la tierra,montaste a la vida como a un perro,mordiendo su oreja verde, sonriendo en la tormenta como un búfalo,y rendidoentre el vino y la mujer tu barbade macho perdurable, tu barba de poderoso velamen,era la barca fenicia y roja en el rescoldo de los días.Desde mi cojera invernal, yo, americano inerme,hijo de extraviadas religiones, pusilánime y fatal,estrecho tu brazo peludo de triunfador.
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