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27 sept 2012

Descubrí muy pronto que tras mis entrañas, se escondía una madeja de hilo. Cada vez que envolvía mi alma en papel brillante y ataba el paquete con un lazo morado de suave terciopelo, a alguien se le iluminaban los ojos, aplaudía ante la vida por los próximos instantes de felicidad hasta que se acomodaba al calor de mis emociones. Solía abrirse camino entre mis muslos para adentrarse y así, a base de arañazos y algún pellizco, robarme un pedazo de mi espacio. Ya bien ubicado, el inquilino de "mi yo", comenzaba a tirar del hilo. Un estirón hoy, otro mañana… Mi mirada se iba empañando, mis manos se paralizaban sin nada más que regalar y ese hueco se iba quedando pequeño, minúsculo para dos, mientras el hilo seguía y seguía caminando y la madeja seguía y seguía empequeñeciéndose. Así fue como tantas veces me quedé vacía. Hoy me hallo, sentada en una pausa, prometiéndome a mí misma que nunca más volveré a envolver mi alma en papel de regalo.

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